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dic

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Hoy en el diario aparece la historia de dos familias vecinas que concluyeron una rencilla de años con balazos. ¿Resultado? Dos personas muertas, una en la cárcel y dos familias destruidas.
Me atrevería a decir, sin saberlo a ciencia cierta, que Santiago ha crecido en los últimos 10 años por lo menos un 50%. Cada día más y más gente llega de regiones a poblar la “gran ciudad” en busca de mejor calidad de vida, pero lo que encuentran no es exactamente lo que esperaban.
Manejo hace aproximadamente 4 o 5 años, pero este año note una variable al iniciar el año. Normalmente después de vacaciones, en marzo, cuando se llenan las calles nuevamente al iniciar el año escolar, dentro del caos había una suerte de relajo frente a este desorden, pero este año solo hubo más estrés. Es como si la gente no hubiese logrado descansar en sus vacaciones.

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A los que nos toca vivir actualmente en Santiago sufrimos de una especie de “síndrome de animal enjaulado”: los espacios son cada vez más reducidos por tanto debemos toparnos más con los demás habitantes de esta cuidad lo que genera roces y malos ratos, ya que debido a la falta de espacio personal la presión por sobrevivir es mayor. Y a eso le sumamos que la indiferencia y falta de consideración por los demás nos va dejando cada vez más desvalidos e indefensos. Los habitantes de Santiago estamos sufriendo la misma suerte que aquellos perritos que agonizaban en jaulas del homecenter a vista y paciencia de los afanados compradores de fin de año: nos estamos ahogando en nuestra propia mierda.
Recuerdo tan solo hace 10 años, andar en el metro Santiaguino era un privilegio: un servicio eficiente, limpio, casi de elite donde siempre podías viajar cómodo. En ese entonces jamás me habría imaginado el mar humano de cada día luchando por subirse a un carro del tren, que las peleas en las escaleras y andenes serian pan de cada día, o que el servicio de vería tan colapsado que dejaría de ser eficiente.
El metro es el ejemplo más visual de la “evolución” que nuestra sociedad ha tenido. En vez de avanzar retrocedemos a un estado más primitivo a medida que nuestra sociedad crece.
El problema no es que despierte nuestros instintos más primitivos de supervivencia en la selva, de hecho, a mi juicio, es todo lo contrario: crece la suerte de egoísmo sumada al fuerte sentimiento de inferioridad que la mayoría tiene, lo que hace que querer pisotear al otro para poder sentirte mejor. Si a eso le sumamos la política mediática de la inmediatez, de que todos los problemas se solucionan adquiriendo una solución mágica que no requiere esfuerzo, tenemos a gente que cree que adquirir le da poder y no necesita enfrentar sus problemas, con lo que logramos una sociedad enferma, estresada por pagar las cuentas, viviendo en la falta de espacio personal, el ruido y la falta de espacios físicos que nos den la libertad necesaria para poder encontrarnos con nosotros mismos y asumirnos como personas. La mayoría pasan por esta vida sin siquiera darle una vuelta a lo vorágine frenética del querer ser “mas” a través del supuesto estatus que da el aparentar tener cosas olvidando que quienes son es más importante.

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Estamos en la época del año donde, se supone, debe haber “paz y amor”, pero en realidad vivimos la peor época del año, la de más estrés, la de más violencia y la de más consumismo. Hoy ni siquiera se recuerda públicamente (y a veces tampoco de forma privada) cual es el origen de la celebración de la navidad. Ya casi nadie pone pesebres debajo de los árboles de pascua, no hay ninguna mención al nacimiento de Jesús y del porque se dan regalos en esta época, solo la invitación al consumismo y ojala no se te olvide ni el perro.
Ni hablar de lo que pasa en las calles: en los centros comerciales todos andan apurados por conseguir regalos, enojados y estresados por ese gasto desmedido que hacen en esta fecha y que a muchos deja endeudado por todo el año. ¿Resultado? Empujones, gente que conduce imprudentemente solo para “llegar primero”, personas pechonas que no respetan a los demás y juran que por una mágica razón tienen un privilegio sobre los demás, siendo lo peor de todo que por lo menos el 75% de la gente es así, por tanto se pasan a llevar unos con otros generando peleas, accidentes o malos ratos. ¿Paz y amor?… ni hablar. La frase que representa esta época es “feliz navidad concha de tu madre”.

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Por tanto cuando leo que una persona se cansó del constante hostigamiento de sus vecinos y colapsado tomo una pistola matando a sus vecinos, no puedo más que entender de donde viene ese desequilibrio mental que te hace pensar que no hay otra salida. No digo que el personaje sea una blanca paloma, lo más probable es que haya sido participe de una escalada de ir y venir que se transformó en batalla, pero se, por experiencia propia, a que limite te lleva no poder entrar a tu casa en paz.

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¿Cómo se puede parar esta escalada que llevamos como cuidad que, estoy segura, nos va a poner entre una de las más estresantes del mundo?. Mi teoría apunta al trabajo personal, al hacernos cargo de nuestras acciones y sus consecuencias, tomar conciencia de nosotros mismos con toda la pega que ello implica y que hoy en día, al parecer, nadie quiere hacer. Una vez que hagamos ese trabajo, ser parte del entorno será una consecuencia y podremos compartir espacio porque podremos respetar el metro cuadrado del otro ya que seremos conscientes que el mío termina cuando comienza el del otro y que la libertad no significa pisotear al resto, sino ser capaz de elegir respetar al otro para que los demás me respeten a mí.



  • http://twitter.com/drblood Dr. Blood

    Grandes verdades. El problema radica cuando el cambio no es de todos, y eso también se ve al conducir: no sacas nada con respetar todas las leyes del tránsito si el pelota que va en el auto de al lado va manejando ebrio o es un tipo violento. El cambio que se requiere es mayor, y al menos yo no sé cómo lograrlo.

    Saludos sangrientos

    Blood